domingo, 3 de agosto de 2014

Del Asesinato de Sarajevo y del Lanzamiento del Hubble

NGC 2237-9  The Rosette Nebula. Source: http://cs.astronomy.com
Eric Hobsbawn nos recuerda en su “Historia del Siglo XX” que las dos guerras mundiales revolucionaron la tecnología que existía en el siglo XIX, ya que los enfrentamientos bélicos no eran solamente una lucha entre ejércitos, sino que se trataba de un duro enfrentamiento de tecnologías para conseguir las máquinas más efectivas.

Explica que “[…]de no haber existido la Segunda Guerra Mundial y el temor de que la Alemania nazi pudiera explotar también los secretos de la física nuclear, la bomba atómica nunca se habría fabricado ni se habrían realizado en el siglo XX los enormes desembolsos necesarios para producir la energía nuclear de cualquier tipo. Otros avances tecnológicos conseguidos en primera instancia para fines bélicos han resultado mucho más fáciles de aplicar en tiempo de paz –cabe pensar en la aeronáutica y en los ordenadores-, pero eso no modifica el hecho de que la guerra, o la preparación para la guerra, ha sido el factor fundamental para acelerar el progreso técnico […]”.

Las dos guerras mundiales y su periodo de entreguerras nos trajeron cientos de innovaciones tales como el radar, la aviación comercial, el motor a reacción, materiales plásticos, circuitos integrados, la televisión, transistores, magnetófonos, discos de vinilo, calculadoras, relojes, la informática, o la energía nuclear; pero si buscásemos un hilo directo entre el Asesinato de Sarajevo de 1914 –que acaba de cumplir 100 años- y el lanzamiento del telescopio espacial Hubble; encontraríamos un inevitable e irónico efecto mariposa que estrecha la línea de tiempo entre ambos acontecimientos, y conduce a la sociedad de la tecnología de la información del siglo XXI: de no haber existido las dos guerras mundiales, quizá hoy aún faltaría medio siglo para que existiese el Hubble.

Tras el Asesinato de Sarajevo, fueron el imperialismo, el nacionalismo, el capitalismo y el liberalismo quienes vistieron militarmente a la Revolución Industrial para asistir a la Primera Guerra Mundial, en la que participó Adolf Hitler como soldado. La derrota alemana en la Primera Guerra Mundial y la asfixia imperial hacia los derrotados por parte de la Conferencia de Paris y el Tratado de Versalles incubaron el fascismo y la Alemania nazi durante el periodo de entreguerras, y detonaron la Segunda Guerra Mundial, una continuación de la guerra anterior, cuyo punto final fue rubricado por los Estados Unidos con las bombas de Hiroshima y Nagasaki.

El temor de Stalin, en un clima de postguerra, a que Estados Unidos fuese la única potencia mundial en disponer de una tecnología de destrucción como la bomba atómica, incendió lo que la Historia ha denominado como la Primera Guerra Fría, una carrera armamentística y psicológica entre las dos grandes potencias que emergieron de la Segunda Guerra Mundial: Estados Unidos y la URSS.

Tanto la Primera como la Segunda Guerra Fría son protagonizadas por la desconfianza, el espionaje y una durísima propaganda y amenazas cruzadas por parte de ambas potencias; una partida bélica de póker entre Estados Unidos y la URSS, donde los faroles llegaron a ser más peligrosos que el mismo juego real. La Primera Guerra Fría condujo a la carrera espacial, la forma popularizada de denominar a una verdadera carrera de misiles de largo alcance.  La Segunda Guerra Fría desembocó en la “Guerra de las Galaxias” de Reagan, cuyo alcance tecnológico real nunca estuvo claro.

El regalo tecnológico a la sociedad de esta tensión bélica contenida -para la conquista del espacio- fue el lanzamiento por parte de Rusia del primer satélite, el “Sputnik I”, y la llegada a la Luna por parte de Estados Unidos en el periodo de coexistencia pacífica que aconteció entre ambas guerras frías, entre otras misiones espaciales.

La Segunda Guerra Fría concluye en 1989 con la perestroika de Gorbachov y el desmembramiento de la URSS. Estados Unidos recibe el acontecimiento como el triunfo del capitalismo y el liberalismo, y en 1990 el devenir de los hechos le concede el Arco de Triunfo más alto que nunca haya existido, el telescopio espacial Hubble, el que será síntesis de la victoria de Occidente y de un siglo de investigaciones con propósito militar. 

El Hubble representa un brindis tecnológico al Universo, y un enorme paso al frente para observar la inmensidad de sus entrañas; es el nuevo oráculo que obtendrá respuestas a las elementales preguntas existenciales de una especie tan circunstancial y tan prescindible, que solamente es capaz de evolucionar mientras se autoextermina.
 
Luis Díaz

7 comentarios:

  1. Me ha encantado como has hilado los acontecimientos hasta que el lector, donde -claro está- me incluyo, ha podido comprobar la conexión entre el Hubble y el asesinato de Francisco Fernando en 1914. Mis felicitaciones Luis.

    Un saludo, Adrián Calvo (@adriantsn)

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    1. Celebro que te haya gustado, Adrián.

      Saludos. Luis

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  2. Un encadenamiento perfecto de los hechos. Muy buen análisis, Luis.
    Kamchatka_H

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  3. Felicidades, Luis, por tu artículo y por la reflexión que desarrollas hacia ese punto trágico, contradictorio e irónico que da pie a una de las peores versiones de la realidad del ser humano: nos destruimos para evolucionar.

    En dicha reflexión haces un recorrido por los conflictos más graves del siglo XX y en ellos sustentas este enunciado que contiene pequeñas trampas en el razonamiento empleado sin que, por ello, deje de ser cierto lo que dices. La realidad, como sabemos, es interpretable y de ahí que, en mi modesta opinión, considere que tu teoría se desarrolla sobre una versión que alimentan planteamientos incuestionables en apariencia y que no son sino una forma de responsabilizar a todos de lo que es culpa de unos pocos.

    Para explicar esto que digo, voy a plantear otra versión —otro razonamiento— con la que cuestionaré tu teoría. Lo haré en dos comentarios seguidos ya que el HTML de los comentarios no me permite tanto texto:

    1º— En un conflicto armado, la tecnología perfecciona la capacidad combativa del contrincante. Ergo quien desee la victoria debe mejorar la tecnología.
    2º— Siendo el desgaste paulatino de los rivales un elemento fundamental en todo conflicto armado, el factor tiempo influye directamente en la reacción tecnológica de las partes.
    3º— La evolución tecnológica, sometida a la premura bélica, elimina la mayoría de los controles de calidad y de test de influencia del producto bélico creado. Se compromete, así, la calidad de los productos no bélicos derivados.
    4º— Sin los controles precisos, la tecnología genera un altísimo número de errores. Recordemos que toda teoría llega a su fase empírica en el ensayo y que todo ensayo es en sí un procedimiento de prueba-error/prueba-acierto repetido con diferentes condicionantes a lo largo de un gran periodo de tiempo. De lo que se infiere que:
    a/ Menor tiempo de ensayo → menor número de condicionantes→ mayor cantidad de errores.
    b/ Mayor tiempo de ensayo → mayor número de condicionantes → mayor calidad del acierto.
    5º— Podemos deducir por tanto que, sin ese acelerón tecnológico que impusieron las guerras, los procesos hubiesen sido más lentos pero los aciertos hubiesen sido más estables y eficaces.
    6º— Un incremento en la estabilidad y en la eficacia del producto implica una reducción de pasos evolutivos del mismo.
    7º— Por tanto, sin guerras, el Hubble podría haber llegado al espacio y habernos mandado su señal antes. Todo ello sin correr el riesgo de que la basura espacial, generada por cientos de proyectos lanzados al espacio (a toda prisa y sin control de eficacia), termine por chocar con el telescopio, lo destruya y comencemos entonces a pensar (como hacemos cotidianamente) cómo parchear el problema generado.
    (Fin 1ª parte)

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    1. (2º Parte)

      No quiero que pienses, Luis, que esto que acabo de hacer es un mero ejercicio de debate. Si he desarrollado este otro razonamiento es porque creo que vivimos engañados por teorías que engloban a toda la raza humana, que la señalan en su complejidad como la peor enemiga de su propia especie y de la vida en este planeta. En tu artículo —sé que de forma bienintencionada—, te haces eco de dichas teorías y creo que es necesario introducir matices, de una vez por todas, que aclaren este punto de vista:

      1º— La naturaleza, en la que puedes incluir el amor y la espiritualidad, se rige según leyes básicas de la economía.
      2º— Todo conflicto armado tiene por tanto, y desde el principio de los tiempos, origen en factores de esta índole.
      3º— Un conflicto armado a pequeña escala (una disputa territorial, por ejemplo) es organizado por pequeños sectores que apenas si tienen capacidad de expansión del mismo, su ley de comportamiento económico afecta a pocos individuos.
      4º— La capacidad de generar un conflicto bélico a gran escala recae, por tanto, en sectores sensibles a la decisión económica de una multitud de individuos ajenos a dichos sectores. Por ejemplo: un boicot generalizado, o un cambio de preferencias en la población española, sobre cierta marca de refrescos global; provoca una reacción hostil en el fabricante y en sus servidores aledaños.
      5º— La reacción hostil genera dos consecuencias: la derrota del sector en una de sus líneas industriales o su victoria sobre el individuo.
      6º— Un gran sector económico (sus dirigentes que no su mano de obra) pone al servicio de la victoria su mayor capacidad bélica: la recesión.
      7º— Toda recesión, en un gran sector económico, afecta en progresión geométrica a un gran número de individuos (mayor que aquel que decidió boicotear el producto) y, sobre todo, a su gobernabilidad. Entra en juego la política de estado, los gobiernos de cada país en defensa de su economía y de la gobernabilidad.
      8º— Aparecen, como alternativa, organizaciones e ideas políticas paralelas que pueden derrocar las existentes, al poder político y a sus métodos para gobernar.
      9º— Dirigentes económicos y dirigentes políticos en el poder se alían para garantizar su victoria frente al individuo, frente al sector social.
      10º— De dichas tensiones surge, caso de no ceder ninguno de los sectores, el conflicto armado.
      11º— El conflicto armado, como ya hemos comentado en tu artículo y en mi respuesta, genera investigación y fabricación de tecnología en tiempo record. La mayoría de los inventos fallan pero la fábrica no para y el mercado bélico compra lo que sea.
      12º— Los sectores económicos (en las guerras del siglo XX) crean una burbuja tecnológica y perciben, porque está ocurriendo día a día en el conflicto, cómo pueden evitar que se pinche: la obsolescencia programada.
      13º— A partir de esa idea se crea una espiral viciosa: la tecnología debe evolucionar pero romperse. Da igual que el daño colateral que provoca esta espiral sea la absoluta y progresiva contaminación de la vida, la basura espacial que terminará chocando con el telescopio.
      14º— A nadie —en ese sector de la raza humana al que tienen acceso algo más de dos millones de ejecutivos en todo el planeta— se le ocurre que si se apuesta por la eficacia a largo plazo del producto, se deja de invertir tiempo y mano de obra en el diseño de las mejoras del mismo y, por tanto, el sector económico puede dedicar todo su esfuerzo, tiempo y mano de obra a crear lo que no existe, lo que será necesario para siempre, lo que es la verdadera evolución, lo que puede y debe generar la reconstrucción de la vida en el planeta. Nadie se plantea que la espiral virtuosa es más rentable que el marketing de guerra. Que el Hubble se parta en mil pedazos generará puestos de trabajo. Nadie pensará en el retraso que supondrá esa catástrofe en la investigación del espacio y de nuestro pobre y maravilloso planeta.

      Y ya está, Luis. Mis disculpas una vez más por la extensión de mis comentarios.

      Un fuerte abrazo y feliz verano.

      Manuel

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    2. Hola Manuel,

      Gracias por tus comentarios, que merecen categoría de artículo, y no por la extensión, sino por la calidad:)

      Creo que no cometo ninguna trampa al argumentar que las guerras aceleran el progreso tecnológico, en todo caso, la trampa sería de Hobsbawn, uno de mis historiadores favoritos, en el que baso este escrito. Por ese motivo, creo que es justo que te transmita la que sería su respuesta, también de acuerdo con su obra "Historia del Siglo XX": "(..) la guerra, o la preparación para la guerra, ha sido el factor fundamental para acelerar el progreso técnico, al 'soportar' los costos de desarrollo de innovaciones tecnológicas que, casi con toda seguridad, nadie que en tiempo de paz realizara el cálculo habitual de costos y beneficios se habría decidido a intentar, o que en todo caso se habrían conseguido con mucha mayor lentitud y dificultad".

      De todas maneras, es cierto que en las hipótesis de lo que no pasó (o de lo que podría pasar en un mundo ideal) hay muchos más factores e interacciones interesantes que pueden acelerar o frenar un desarrollo tecnológico, pero que considero prescindibles en este artículo, evidentemente por extensión, y también por ser mi propósito el de realizar un viaje supersónico entre guerras y a través del tiempo, para dejar atrás al hombre.

      Y el motivo no es otro que el de conseguir una posición distante sobre nuestra especie (en un intento desesperado de robar la objetividad al destino), para hacer estallar en mil pedazos el antropocentrismo, y arrojar a la especie humana fuera del Paraíso (que no es otro que el orgullo de ser lo que somos).

      Y a riesgo de equivocarme mucho, quizás tu gran preocupación con este artículo apunta a tu frase "una forma de responsabilizar a todos de lo que es culpa de unos pocos", lo que yo entiendo como una visión más “micro” (por su mayor proximidad al antropos, no por su tamaño).

      Yo le pediría al Hubble que por un momento dejase de mirar al Universo, se girase, y mirase hacia nuestra Planeta, hacia nosotros, y nos observase como especie. Nos vería como hormigas en un hormiguero, unos diminutos animales con roles sociales, cuyo devenir diario y en el tiempo sería el resultado de la interacción conjunta de todos. El Hubble no reconocería culpas ni méritos en la supervivencia, tan solamente vería una especie, un grupo, una colectividad, que desde una perspectiva no antropocéntrica, sería lo único relevante, donde cada individualidad no sería más que una pieza más de la máquina social.

      Y en este sentido me has recordado una entrevista que leí esta semana de Filosofía Hoy a Onfray (para mí el mejor filósofo vivo después de Deleuze), y que no he podido evitar relacionar con este contexto: "Somos individuos, no hay individualidades, es una torpeza pensar en lo colectivo. Los progresos solo se deben a grandes individualidades". Comparto tus reflexiones desde la perspectiva de Onfray, desde un punto de vista más “micro”, más antropocéntrico; pero en mi artículo, hasta Onfray, no es más que una hormiga más e indiferenciable de ese colectivo que el filósofo define como torpeza pensar en él. El colectivo puede ser que no exista, pero es lo único que se puede ver desde el Universo, y en el contexto de la existencia, quizá lo único importante.

      Al final no se si me he ido mucho del tema :))

      Un fuerte abrazo, y muchas gracias por tu tiempo y talento.

      Luis

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